EL OBJETIVO DE ESTA PÁGINA

Nuestro objetivo es recoger la mayor parte de los sermones de San Bernardo de Claraval. Al mismo tiempo, añadir iconos y resúmenes que faciliten la lectura. Progresivamente LAS ENTRADAS SE IRÁN ADAPTANDO A LOS TIEMPOS LITÚRGICOS DE CADA AÑO Y PERFECCIONANDOSE EN CUANTO A SU ORTOGRAFÍA Y A SUS RESÚMENES, de tal manera que su ubicación sea significativa.



Nota(1): Desde Noviembre del 2012 (inclusive) los sermones se van colocando para el día en que fueron redactados. En ese mes llamará la atención que hay dos dedicados a San Malaquías que coinciden con el día de los fieles difuntos. La festividad de Cristo Rey no existía en aquellos tiempos. Fue instaurada en 1925.



Nota(2): Los Sermones sobre el Cantar de los Cantares se agrupan, progresivamente, en el día 1 de Septiembre del 2012

sábado, 1 de noviembre de 2014

EN LA FESTIVIDAD DE TODOS LOS SANTOS. SERMÓN PRIMERO

SOBRE LA LECTURA DEL EVANGELIO: AL VER JESÚS AL GENTÍO
 1. Hoy celebramos la fiesta de todos los Santos. Merece todo nuestro fervor. Si damos tanto realce a la fiesta de San Pedro, San Esteban o de otro santo, mucho más debemos dar a esta fiesta, que no ensalza solamente a uno, sino a todos. La gente del mundo, como sabéis, prepara comidas especiales para los días de fiesta, y a mayor fiesta mayores banquetes. Con mayor motivo deben buscar las delicias del corazón quienes se convierten de corazón, y brindar manjares espirituales a los hombres de espíritu. 
 También nosotros tenemos un banquete, con manjares muy bien aderezados. Vamos a saborearlos. Y como el alma es, sin duda alguna y sin punto de comparación, lo más excelso de nuestro ser, dejémosla que sea la primera en saciarse. Tengamos también en cuenta que las fiestas de los santos dicen mucho más al alma que al cuerpo. Es normal: los valores espirituales afectan más al espíritu, por el parentesco natural que los une. Por otra parte los santos simpatizan más con ellos y desean ante todo su bien espiritual y recrearse con ellos. Fueron débiles como nosotros, soportaron las fatigas de esta peregrinación y de este miserable destierro, y experimentaron las molestias del cuerpo, las inquietudes del mundo y las tentaciones del enemigo. Por eso les gusta y agrada mucho más una fiesta con manjares espirituales, que la que preparan los del mundo estimulando los bajos deseos. 
2. ¿Podremos conseguir pan para nuestras almas en una tierra tan desierta, en este lugar tan horroroso y de inmensa soledad? ¿Será posible obtener alimento espiritual en un mundo de sudor, angustia y dolor? Sí: porque alguien nos dice: Pedid y recibiréis. Más aún: Si vosotros, malos como sois, sabéis dar cosas buenas a vuestros niños, ¿cuánto más vuestro Padre del cielo dará el espíritu bueno a los que se lo piden? Estoy cierto que habéis pensado toda la noche y el día mendigando con empeño el pan vivo del cielo no el que vigoriza el cuerpo sino el que anima el corazón. No me atrevo a consideraros invitados, sino mendigos acogidos a la generosidad de Dios. Mendigos apostados a las puertas de un Rey muy rico, cubiertos de llegas y ansiosos de comer las migajas que caen de la mesa de nuestros señores, cuya fiesta hoy celebramos.
 Ellos abundan en toda clase de manjares; su mesa está colmada, remecida y rebosante. Confiamos que alguno se acordará de nosotros, porque existe una distancia abismal entre la espléndida generosidad de Dios y la cruel inhumanidad del rico avariento. Sí, hoy nuestro Padre, el Padre de la misericordia, que es también el Padre de los miserables, nos da el pan celestial y alimentos abundantes. Yo los he guisado en la cocina de mi alma.
3. Para prepararos estos platos he pasado toda la noche con el corazón encendido, y a fuerza de meditar brotó el fuego. Este fuego que el Señor arrojó a la tierra y quiere ardientemente que prenda en ella. El alimento espiritual pide una cocina y fuego espiritual. Vamos, pues, a repartir lo que he preparado. Os pido que no os fijéis en el camarero que lo distribuye, sino en el amo que os lo da. Yo No soy más que un criado como vosotros, que -Dios lo sabe- me uno a vosotros para pedir el pan del cielo y la ración diaria para vosotros y para mí. No soy yo, es vuestro Padre quien os da el verdadero pan del cielo. Él os alimenta con sus obras y palabras; y también con la carne de su Hijo, que es una verdadera comida. De sus obras dice la Escritura: Mi alimento es hacer la voluntad de mi Padre. Y de sus palabras dice también: No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios.
 Así, pues, comamos ahora el alimento de su ejemplo, de su doctrina, y recibamos después el sacramento inmaculado del Cuerpo de Señor en la mesa del altar.
4. Leemos hoy en el Evangelio que al ver Jesús el gentío subió a la montaña. Cuando Jesús predicaba le seguía una gran muchedumbre, procedente de los pueblos y ciudades, porque sanaba sus cuerpos y salvaba sus almas. Estaban enamorados de él, de su trato y de su aspecto; de su tierna palabra y su hermoso rostro. Sí: Eres el más bello de los hombres, de tus libros fluye la gracia. 
 Este es a quien nosotros seguimos y a quien nos hemos unido. Es pura delicia. Los hombres y los ángeles están ansiosos de verlo. ¿Podéis desear algo más sabroso? Es el hechizo de los ángeles. Gustad y ved qué dulce es el Señor. Nada hay comparable a esta finura, a este sabor, a esta sabiduría que procede de lo escondido; es algo divino. Te encanta, y con razón, el ardor del sol, la policromía de la flor, el pan sabroso y la tierra fecunda. Todo procede de Dios. Se ha prodigado a sus criaturas. Pero posee en sí mismo infinitamente más. 
5. No pasemos por alto el detalle de haber subido a una montaña, porque el Profeta lo había anunciado muchos siglos antes: súbete a un monte elevado, heraldo de Sión. Si a vosotros no se os ocurre otra interpretación mejor, yo creo que esta subida está relacionada con lo que Lucas nos dice al iniciar su libro de los Hechos: En mi primer libro traté de todo lo que hizo y enseñó Jesús. No actuaba como los fariseos, que liaban fardos pesados y los cargaban en las espaldas de los demás, mientras ellos no los tocaban ni con el dedo. ¿No os parece esto un pan excelente, capaz de reavivar el corazón del hombre? Te seguiré cieguamente, Señor, a donde quiera que vayas, y correré tranquilamente por el camino de tus mandatos, porque sé que tú me has precedido.
 Sí, recorro confiado tus caminos, porque veo que tú saliste de un extremo del cielo para hacer esta carrera, y llegaste hasta su meta más alta sin abandonarla jamás. Pero no puedo masticar ahora todos los detalles. Sed vosotros animales puros y rumiantes, y realizad lo que dice la Escritura: La boca del sabio guarda un precioso tesoro. Intentaré ser más conciso, porque hay mucho que decir y el tiempo es breve. Por otra parte tenemos que celebrar la santa misa.
6. Al ver Jesús el gentío subió a la montaña. Los miraba con ojos compasivos, porque andaban como ovejas dispersas, sin pastor. ¿Por qué subió a la montaña antes de comenzar a hablar? Para enseñarnos que quienes predican la palabra divina deben elevarse sobre los demás y escalar el monte de la virtud por los deseos de su alma y sus costumbres honestas. 
 Se sentó y se le acercaron sus discípulos. Se sentó, porque de otro modo nadie podría aproximarse a un gigante como él. Se dignó inclinarse y humillarse hasta sentarse, y decir a su Padre: Me conoces cuando me siento o me levanto. Cuando está de pie, ni los mismos ángeles pueden acercarse a él. Mas ahora, sentado pueden acudir a el los publicanos y pecadores, María Magdalena y el ladrón clavado en una cruz.
 Se sentó y se le acercaron sus discípulos. No se acercaron a él con el movimiento de sus pies, sino con el afecto de su corazón y la imitación de sus virtudes. Y precisa acertadamente que no fue el gentío, ni unos cualesquiera quienes se le acercaron, sino sus discípulos. Cuando se realizó la antigua Alianza en el monte Sinaí, sólo Moisés estaba en la montaña y el pueblo esperaba en la falda. Lo mismo ocurre ahora: los montes reciben la paz para el pueblo y los collados la justicia. Los apóstoles escuchan de noche y al oído lo que ellos pregonarán más tarde en pleno día y desde las azoteas. Por eso sigue diciendo el texto sagrado:
7. Tomó la palabra y se puso a enseñarles. El que había puesto su palabra en la boca de los Profetas, toma ahora su palabra. Recordad lo que dice el Salmista: Señor, ábreme los labios y mi boca proclamará tu alabanza. El que había hablado en múltiples ocasiones y de muchas maneras por boca de los Profetas, en esta etapa final nos habla él mismo directamente. Parece decirnos: Yo era el que os hablaba y heme aquí con vosotros. ¡Dichosos quienes oyeron hablar físicamente a la Sabiduría! ¡Dichosos quienes escucharon las palabras de la Palabra de Dios, lo que proferían sus labios! También nosotros podemos escuchar sus mismas palabras, aunque no sea directamente de él.
 Tomó la palabra se puso a enseñarles así: Dichosos los pobres de espíritu. No cabe duda que es él quien ha dicho esto. El único que posee todos los tesoros del saber y del conocer. Es su doctrina por excelencia; la del que dice en el Apocalipsis: Todo lo hago nuevo. Y mucho antes lo había predicho por la Profecía: Abriré mis labios y anunciaré cosas escondidas desde que empezó el mundo.
 ¿Hay algo más insondable que una pobreza feliz? Pues lo dice la Verdad, incapaz de engañarse ni de engañar. Dichosos los pobres de espíritu. ¿Por qué, pues, vosotros, insensatos hijos de Adán, seguís buscando y ansiando las riquezas, si la felicidad de los pobres  ya está garantizada por Dios, proclamada en el mundo y aceptada por los hombres? Que las busque el incrédulo, que prescinde de Dios; que las mendigue el judío, aferrado a las promesas terrenas. Pero ¿con qué cara o con qué espíritu puede ir el cristiano tras las riquezas, después que Cristo proclamó dichosos a los pobres? ¿Hasta cuando, hijos bastardos, hasta cuándo os va a dominar la vanidad y tendréis por dichoso al que posee estas cosas visibles y tangibles? El Hijo de Dios tomó la palabra y pregonó la verdad: dichosos los pobres y ¡ay de los ricos!
8. Observa, empero, que no llama dichosos a cualquier clase de pobres. Porque hay pobres que lo son únicamente por triste necesidad, no por una libertad meritoria. Yo confío que la misericordia divina se compadecerá de su miserable condición. Pero en este momento el Señor no habla de ellos, sino de los que dicen con el Profeta: Te ofreceré un sacrificio voluntario.
 Ni toda forma de pobreza voluntaria merece el beneplácito de Dios. Los filósofos también abandonaron todas sus cosas para liberarse de las inquietudes del mundo y entregarse con holgura al estudio de las vanidades. Vaciaban sus arcas e hinchaban sus cabezas. Por eso se nos pide ser pobres de espíritu, es decir, por decisión del espíritu. Dichosos los pobres de espíritu, esto es, los que lo son por un propósito o deseo espiritual, cual es la gloria de Dios o la salvación de las almas. De ellos es el Reino de los cielos. Son realmente dichosos, porque de ellos es el Reino de los cielos. 
 ¿Quién habla así y osa colmar de dicha y riqueza a los pobres? ¿No será un sueño? No, es una realidad. Quien lo promete es tan veraz como poderoso. El enemigo que critica recibe esta respuesta: ¿Es que no tengo libertad para hacer lo que quiera? ¿O ves con malos ojos que yo sea generoso? Tú has fracasado al querer levantarte contra mí; pero los que se humillan por mi amor merecen una gran recompensa. Sí, hermanos, aquel miserable fue arrojado del cielo por ansias de grandeza, ambición de poder y codicia de renombre. Y al contrario, los que se abrazan espontáneamente con la abyección de la pobreza, según la promesa del Señor, son plenamente felices. Estos alcanzan el reino de los cielos y aquél lo perdió.
 Fíjate qué remedio tan sabio establece la Sabiduría para el primer pecado. Escúchale: "¿Quieres conseguir el cielo que perdió el Ángel rebelde por confiar en su virtud y en sus inmensas riquezas? Acepta el desprecio de la pobreza y será tuyo". Pero sigamos.
9. Dichosos los mansos porque poseerán la tierra. Así es, justamente. Convenía que tras recomendar la pobreza se predicara la mansedumbre, porque al dejar todos los bienes surge muy pronto la tentación de las incomodidades corporales o de un terrible abatimiento. Inútil pobreza que engendra pobres amargados por la murmuración, impacientes y rebeldes. Por eso, después de prometernos el reino se nos dan las arras de este otro reino. De este modo, en frase de la Escritura, tenemos una promesa para esta vida y para la futura; y al hacerse realidad lo de hoy se nos garantiza lo de mañana. 
 Dichosos los mansos porque poseerán la tierra. Para mi, esta tierra es nuestro cuerpo. El alma que desea poseerlo y dominar sus tendencias debe revestirse de mansedumbre y acatar al que es superior a ella. Como trate a su superior, así le tratará a ella el inferior. La criatura está siempre dispuesta a vengar los agravios hechos a su Creador. Así, pues, el alma que sufre la rebeldía de su carne, vea si está plenamente sumisa a los poderes superiores. Ablándese y humíllese bajo la mano poderosa del Altísimo. Sométase a Dios y obedezca a sus prelados y encontrará muy pronto a su cuerpo sumiso y obediente. Es la Verdad quien proclama dichosos a los mansos, porque poseerán la tierra. 
 Observa también cómo se nos ofrece esta segunda medicina para sanar aquella otra herida del pecado. Eva fue la primera en pecar, después del ángel, impulsada por una ansiedad espiritual, y rechazando el yugo suave y el peso ligero del precepto divino. No quiso esperar del Señor, de quien había recibido todo, la felicidad total; y se lanzó a conquistarla antes de tiempo inducida por la serpiente. Con ello perdió el paraíso, el país de la dicha, y encontró en su cuerpo una fuerza en continua rebeldía. Pero con esta palabra del Señor intuyo que ardes en deseo de mansedumbre y te lamentas de la aspereza de tu corazón, de tus brutales instintos y de tu indómita fiereza. Sigue escuchando.
10. Dichosos los que lloran, porque serán consolados. El caballo salvaje se doma a fuerza de látigo; el alma violenta, con un corazón arrepentido y lágrimas abundantes. Piensa, pues, siempre en tus novísimos; no ceses de contemplar con tu corazón el horror de la muerte, el trance terrible del juicio y el pavor del infierno. Examina las miserias de tu peregrinación, repasa tus años en la amargura de tu alma, medita los peligros de la vida humana, considera tu fragilidad. Si perseveras en esta meditación no te afectarán las molestias externas, porque te absorberá la inquietud interior.
 El Señor, por su parte, no te privará de su consuelo, porque es el Padre de la misericordia y un Dios todo consuelo: Se cumplirá indefectiblemente lo prometido por la Verdad: Dichosos los que lloran porque serán consolados. Idéntico sentido tiene aquella sentencia de Salomón: Es preferible frecuentar una casa en duelo que una casa en fiesta.
 ¡Cuánto más feliz hubieras sido, Eva, si tras la culpa hubieras buscado tu consuelo en el llanto! Una vida penitente te hubiera conseguido el perdón. En vez de eso preferiste el triste calmante de sucumbir con tu marido, y has contagiado a todos tus hijos con el veneno fatal de tu lacra espantosa. Todavía hoy nos sirve de consuelo el fracaso del prójimo. ¡Qué triste manera de consolarse Eva y quienes la imitan! Dichosos, en cambio, los que lloran, porque serán consolados. Este consuelo no es otra cosa que la devoción que brota de la esperanza de alcanzar el perdón, la fruición del bien, el paladeo -aunque momentáneo- de la sabiduría, con que el bondadoso Señor alienta en esta vida el alma arrepentida. Este regalo excita el deseo y estimula el amor, como afirma la Escritura: El que me come tendrá más hambre, y el que me bebe tendrá más sed. Por eso añade a continuación:
11. Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia, porque se saciarán. El que tiene hambre, auméntela; y quien desea, desee mucho más; porque recibirá según la grandeza de su deseo. Y no se tendrá en cuenta la imperfección o límites de su deseo; el deseo perfecto supone la posesión total, y ésta requiere la perfección del deseo. Recibirá una medida generosa, colmada, remecida y rebosante. Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia, porque se saciarán. Para un paladar espiritual enfermizo y un alma achacosa la justicia resulta algo áspero e insípido. En cambio, los que la saborean conocen bien la felicidad de sus insaciables buscadores: Quedan saciados. ¡Qué hartura tan feliz y gloriosa! ¡Qué convite tan divino! ¡Qué banquete tan apetecible! Está exento de ansiedad y monotonía, porque es la hartura y el deseo infinito. Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia, porque se saciarán.
 Estas palabras podemos aplicárselas a Adán, que manifestó ciertos vislumbres de justicia al compadecerse de su mujer. Pero no tuvo verdadera hambre de justicia, pues en tal caso hubiera sido justo con su mujer y con su Creador. La mujer necesitaba misericordia y disciplina por ser ella más débil y el marido cabeza de la mujer. Pero Dios merece obediencia y sumisión. ¿No creéis, hermanos, que son muchos los que condenan severamente aquel gesto, y siguen neciamente su ejemplo? Se indignan contra Adán, porque hizo más caso a su mujer que a Dios; y ellos a su vez se dejan guiar continuamente por los criterios de esa otra Eva -su carne- que por los de Dios.
 Si viéramos hoy nosotros a Adán en aquel lance, turbado e indeciso ante los ruegos de la mujer y el precepto del Creador, estoy cierto que le gritaríamos: "¡Ten cuidado, miserable: no hagas eso! La mujer ha caído en el engaño, no condesciendas con ella". ¿Y por qué no nos aplicamos esta misma norma cuando nos acomete una tentación semejante? Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia, porque se saciarán.
Pero ¿qué valor puede tener nuestra justicia a los ojos de Dios? ¿No somos, en frase del Profeta, como un  paño manchado? En realidad, nuestra justicia es injusta e insuficiente. Y si nuestra justicia no se atreve a responder por sí misma, tenemos aún nuestro pecado. Es preferible suplicar como el Profeta: No llames a juicio a tu siervo, Señor. Y acogernos humildemente a la misericordia, la única capaz de salvarnos. Después meditemos atentamente lo que sigue:
12. Dichosos los misericordiosos, porque alcanzarán misericordia. Zaqueo sintetiza esto mismo en una frase: La mitad de mis bienes se la doy a los pobres, y si a alguien le he sacado dinero se lo restituiré cuatro veces. Aquí tenemos un verdadero hambriendo de justicia, que no se contenta con devolver lo que debe, sino cuatro veces más. Y un hombre de gran misericordia, que reparte a los hombres la mitad de sus bienes.
 No puedo callar lo que sienteo. Prorrumpa mi boca en alabanzas al Señor. Al Señor, y no a vosotros. Pues no intento ensalzaros a vosotros, sino a él. Zaqueo, a quien elogia el Evangelio, repartió en limosnas la mitad de su hacienda. Y yo veo aquí muchos Zaqueos, que no se han reservado nada. ¿Quién escribirá la apología de estos Zaqueos o de estos nuevos Pedros, que siguen repitiendo al Señor con toda sencillez: Mira, nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido? Pero eso ya está escrito en el Evangelio eterno. Muy bien consignado y rubricado en el libro de la vida. Dichosos los misericordiosos, porque alcanzarán misericordia.
 Esta frase, hermanos, muestra también la crueldad de Adán, que pareció haber pecado por exceso de amor a su mujer. Es cierto, Adán, que es hueso de sus huesos y carne de su carne, y que su amor te llevó al pecado. Pero examinemos ese amor que le tienes. Ahí viene el Señor con una espada de fuego a vengar la transgresión. Ponte delante, exponte por ella y di: "Señor, la mujer es débil, la engañaron. La culpa y el pecado son totalmente míos. Castígame únicamente a mí". En vez de eso dice: La mujer que me diste me alargó el fruto y comí.
 ¡Qué perverso! Aceptas la culpa y rehúsas la pena. Todo lo trastornas: cuando debías ser inflexible eres fatalmente misericordioso; y en el momento de mostrarte compasivo actúas con horrible crueldad. Jamás debiste pecar por seguir su capricho, sino ofrecerte espontáneamene a reparar su culpa. Eso mismo debemos hacer nosotros, hermanos: nadie ceda al pecado arrastrado por el prójimo, y será justo. Pero asuma con gusto los pecados ajenos, y será misericordioso. Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia, porque se saciarán. Dichosos los misericordiosos, porque alcanzarán misericordia. Continua:
13. Dichosos los limpios de corazón, porque verán a Dios. Dichosos, sí, una y mil veces los que vean al que desean contemplar los ángeles, y en cuya visión consiste la vida eterna. Te dijo mi corazón: te busca mi rostro. Yo busco tu rostro, Señor. ¿A quién tengo yo en el cielo? Contigo ¿qué me importa la tierra? Aunque se consumen mi espíritu y mi carne, Dios llena mi corazón y es mi lote perpetuo. ¿Cuándo me colmarás de gozo en tu presencia? ¡Miserable de mí, que tengo un corazón tan manchado y no puedo ser admitido a esa dichosa visión! Hermanos, entreguémonos con toda solicitud y empeño a purificar nuestros ojos para ver a Dios.
 Yo me siento manchado con tres clases de inmundicia: la concupiscencia de la carne, el deseo de la gloria terrena y el recuerdo de los pecados pasados. Mi alma es un campo donde se cruzan los más diversos deseos, y soy incapaz de dominarlos con la razón o con mis fuerzas, mientras vivo en este mundo y en este cuerpo mortal. El único remedio para estas miserias es la oración. Como están los ojos de los esclavos fijos en las manos de sus señores, así están nuestros ojos en el Señor Dios nuestro, esperando su misericordia. Él es el único purísimo, y el único que puede sacar pureza de lo impuro. Y para eliminar las huellas del pecado tenemos el remedio dela confesión que todo lo purifica. Oración y confesión son los dos remedios que limpian el ojo del corazón.
 Dichosos los limpios de corazón, porque verán a Dios. Lo verán al fin de esta vida cara a cara. Y lo verán también ahora como en un espejo. Ahora lo conocen parcialmente, entonces lo conocerán a la perfección. Quien conserva dentro de sí todo el vigor del pecado abusa de la esperanza, porque cree que Dios es indiferente al pecador; o bien peca por desesperación, imaginándose un Dios sin entrañas. Uno y otro merecen este reproche: ¿Crees, malvado, que soy como tú? Ninguno de ellos ve a Dios; la falsedad queda defraudada forjándose un ídolo en lugar de Dios. Mas los de corazón limpio consiguen la felicidad, porque son los únicos que ven a Dios y experimentan su bondad. Lo ven tan bueno, que es el único bueno. Dichosos los limpios de corazón, porque verán a Dios. Desgraciados, en cambio, Adán y Eva que buscan palabras ladinas para excusar su pecado. Rehúsan purificarse por la confesión, viven con su corazón lleno de inmundicias y son arrojados de la presencia del Señor. Continúa diciendo:
14. Dichosos los pacíficos, porque serán llamados hijos de Dios. Con razón merecen el nombre de hijos los que actúan como hijos. El Hijo nos reconcilió y por él estamos en paz con Dios. El reconcilió con su sangre lo terrestre y lo celeste, el mediador entre Dios y los hombres, el hombre Cristo Jesús. Observa cómo por las tres primeras bienaventuranzas se reconcilia el alma consigo misma; por las dos siguientes con el prójimo; por la sexta con Dios, y por la séptima reconcilia a otros hombres como partícipe de la gracia de Dios y favorecido con su dichosa familiaridad.
 La pobreza, la mansedumbre y el llanto hacen revivir en el alma una cierta semejanza e imagen de la eternidad, que abraza todos los tiempos. La pobreza conquista el futuro, la mansedumbre se adueña del presente, y el llanto de la penitencia recupera el pasado. Recordemos la Escritura: Examinaré en tu presencia todos mis años, con sentimientos de contricción.
 La justicia y la misericordia nos relacionan perfectamente con el prójimo: la primera nos impide hacer a otros lo que no queremos que nos hagan los demás, y la segunda nos invita a hacer con ellos por misericordia lo que queremos hagan con nosotros. Reconciliados con nosotros mismos y con el prójimo, la pureza de corazón nos reconcilia con Dios. Dichosos los que, agradecidos de su reconciliación y santamente solícitos de sus hermanos, intentan reconciliarlos consigo mismo y con Dios. No hay palabras con qué alabar, ni amor con qué recompensar al hermano que es intachable en comunidad, y procura con todo empeño no molestar en nada y soportar pacientemente todas las molestias. Hace suyas las miserias de los demás y dice como el Apóstol: ¿Quién cae sin que a mí me dé fiebre? ¿Quién enferma sin que yo enferme? Dichosos los pacíficos, porque se les llamará hijos de Dios. Dios no quiere la disensión, sino la paz. Por eso los hijos de la paz merecen ser llamados hijos de Dios.
15. Lo siguiente se aplica especialmente a los mártires. Hoy, gracias a Dios, no hay persecuciones, y si las hubiera deberíamos soportarlas con paciencia. Dichosos los que padecen persecución por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos. Es interesante advertir que a los pobres y a los mártires se les hace idéntica promesa: tal vez porque la pobreza voluntaria es una especie de martirio. Dichoso el hombre que no corre tras el oro, ni se pervierte por la riqueza. ¿Quién es? Vamos a felicitarlo, porque ha hecho algo admirable. ¿Existe algo más admirable o un martirio más acerbo que pasar hambre rodeado de manjares, helarse de frío entre múltiples y valiosos ropajes, sentir las angustias de la pobreza en medio de las riquezas que ofrece el mundo, las que ostenta el maligno y las que codicia nuestro apetito? ¿No merece la corona el que se entrega a este combate y rechaza los halagos del mundo, se burla del enemigo que le tienta y, sobre todo, triunfa de sí mismo crucificando su astuta concupiscencia? También se promete el reino de los cielos a los pobres y mártires, porque con la pobreza se posee, y al morir por Cristo se recibe inmediatamente.

RESUMEN Y COMENTARIO
Buscamos en la fiesta mucho más los manjares espirituales que los grandes banquetes. Somos dados a convertir cada solemnidad en una gran comilona y un evento social, pero no es este el objetivo de nuestra conmemoración cristiana. 
 A veces somos como camareros y criados, que administramos el alimento espiritual que nosotros no generamos y del que somos meros transmisores. El pan de la palabra viene del Padre. 
 Cristo atraía a multitudes que lo seguían por la belleza y profundidad de sus palabras, por la espiritualidad de su figura. 
 Enseñaba desde una montaña, recorriendo un camino que él era el primero en pisar, dándonos ejemplo con sus hechos. Así nos enseñó cómo llegar a las metas más altas.   Es necesario vivir en las alturas de la búsqueda espiritual, y no en el fango del pecado, para predicar los caminos del Altísimo. Lo hacía sentado para ponerse al mismo nivel de unos pocos que, íntimamente, recibieron sus enseñanzas y luego las transmitieron a los demás.
 Eran muy afortunados los que podían oír la Palabra de Dios de la boca del Hijo de Dios. Habló de la pobreza de espíritu. Debemos aprender a despreciar la riqueza. Dios nos quiere sin apego alguno a los objetos materiales. Es más, el apego y la riqueza son riesgos para el espíritu y debemos compadecernos de los que padecen esa flaqueza de ánimo. 
 Cristo se refería a una pobreza voluntaria y no a caer en la desgracia de la pobreza, aunque esta situación merezca nuestra misericordia. Además se refería a una pobreza ofrecida a Dios no para emplearla en vanidades y afán de notoriedad. Esa pobreza celestial constaba de dos partes: no creernos poderosos y desprendernos del poder material. 
 Después de adquirir la pobreza, ésta debe acompañarse de la mansedumbre para no dar lugar a una actitud inconformista y murmuradora. También podemos afirmar que esta tierra es nuestro cuerpo. Sólo los mansos lograrán dominar la rebeldía de sus pasiones. Nuestra mansedumbre hacia lo externo provocará la mansedumbre interior. Asimismo, Eva quiso adquirir la felicidad por caminos rápidos, por atajos ajenos a los divinos. También aquí su conducta no estuvo bajo el don carismático de la mansedumbre.
 Dichosos los que lloran porque serán capaces de mirar hacia su interior, en lugar de buscar remedio en cosas insustanciales y externas. Al mismo tiempo, Dios misericordioso otorgará el consuelo al que sinceramente llora por sus faltas o por las tristezas que trae cada día. Al final siempre tendremos que hacer frente a situaciones tristes, pues es así la naturaleza humana; por ese motivo nos dice San Bernardo, citando al salmista, que es preferible visitar una casa en duelo que una casa en fiesta. Acaso la primera esté más cerca de la auténtica realidad de nuestra existencia y será la puerta del divino consuelo, mientras que de la casa en fiesta sólo podremos esperar el cese de la misma y su sustitución por el progresivo llanto.
 Debemos buscar y amar, intensamente, la justicia. Si es un deseo puro, será saciado con el sentimiento de que estamos obrando correctamente. Esa emoción nos invadirá y no tiene límite alguno. Si no deseamos, sinceramente, lo que es justo, será mejor pedir misericordia a Dios. Es necesario diferenciar la justicia de la misericordia. No cedamos al pecado, arrastrados por el prójimo, y seremos justos. Pero asumamos con gusto los pecados ajenos y seremos misericordiosos. 
 Dichosos los limpios de corazón porque verán a Dios. En esa visión esperan encontrar su felicidad. No pueden imaginarse un Dios indiferente al pecado o un Dios pecador. Son limpios de espíritu y esperan a un Dios bondadoso y misericordioso.  Ahora lo ven, al modo de la Caverna de Platón, como sombras, o como una imagen incompleta en un espejo. Algún día lo verán tal cual es y estarán colmados de felicidad. Hay tres obstáculos principales para la limpieza de corazón: la concupiscencia de la carne, el deseo de la gloria terrena y el recuerdo de los pecados pasados. Disponemos de un doble arma para recuperar la integridad de nuestro espíritu. Son la oración continua y la confesión de los pecados. 
 La pobreza, la mansedumbre y el llanto reconcilian el alma consigo misma.
 La justicia y la misericordia nos relacionan con el prójimo.
 La pureza de corazón nos reconcilia con Dios.
 La paz, el ser pacíficos, nos hace partícipes de la gracia de Dios, nos permite vivir en familiaridad con todo ser sintiente. Definitivamente, Dios no quiere la disensión y la contienda.
 Por último equipara la pobreza voluntaria al martirio. En ambas situaciones el cristiano se enfrenta contra el mundo de los sentidos. En ambas se muere por Cristo.

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